sábado, 20 de julio de 2013

Mañana dramática.

Mí estómago se remueve como si fuera un torrente de fuego expulsado por Dios.
Se balancea estremecidamente, golpeando los bordes de mi esófago, como si de una erupción volcánica se tratara.
Asciende de los infiernos para enturbiar mi aliento una vez más, generando así, una frágil burbuja que explota en el apogeo liberado de las cenizas sedimentadas que mis continuas decepciones han acumulado.
Me presiona fuerte, en la garganta, demostrando la densidad de su solidez, y la estrechez del cauce que bombardea las ilusas esperanzas de la noche anterior, en la que mi boca, se llena de ese ardor líquido que busca irremediablemente una salida desesperada de mi cuerpo.
Por eso, siempre en la mañana siguiente, miro al cielo, desencajo mi mandíbula, introduzco el filamento serpenteado del cuchillo en mi cuello, y por fin, siento el fluir de mi ser recorriendo por mis embriagadas venas.

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